Serendipia, cuando el azar es un hallazgo

La historia de la humanidad está llena de equivocaciones afortunadas que nos han llevado más allá de nuestros límites. Hace 2.500 años, ya Demócrito dijo que “todo cuanto existe es fruto del azar y la necesidad”. Más tarde, Albert Einstein fue el primero en proclamar que todo procede de la interacción entre la materia y la energía.
Pero si se analizan diferentes acontecimientos que han marcado hitos, desde el error de cálculo que condujo a Cristóbal Colón al continente americano, muchos aciertos humanos han salido de pequeñas y grandes catástrofes. Otros ejemplos azarosos que han significado avances importantes han sido desde la penicilina, el principio de Arquímedes, hasta inventos tan cotidianos como el velcro, el cristal de seguridad de los automóviles o el post-it, entre otros muchos inventos o descubrimientos.
Moraleja: tenemos que aprender mucho de las llamadas serendipias, como se denomina a los hallazgos o descubrimientos que se producen por accidente.
Sin embargo, aunque la serendipia no está fuera del raciocinio humano, el término oportunidad es más admitido por la comunidad científica. En su día, Louis Pasteur francamente la reconoció en sus hallazgos, pero enunció que “en el campo de la observación las casualidad favorece a las mentes preparadas”. Muchos más científicos han admitido abiertamente habérseles presentado en algún momento de su carrera investigadora resultados inesperados, que han sabido interpretar y que han evolucionado en importantes descubrimientos. Como el propio M. K. Stoskopf reconoce, “los descubrimientos por serendipia poseen un significante valor en el avance de la ciencia, y frecuentemente establecen los orígenes o principios intelectuales en un área del saber, en otras palabras, marcan un antes y un después en el conocimiento humano”.
No obstante, hay que tener presente que numerosos pensadores a lo largo de la historia, quizás el más brillante haya sido David Hume, han proclamado que la ciencia trabaja con hipótesis, se basa en teorías que hoy pueden parecer firmísimas pero que están siempre en revisión.
Pero el error no goza de buena fama en nuestra sociedad. Según el psicólogo Francesc Miralles, “el error nos produce terror. También vergüenza y culpa. Bajamos la mirada y nos reprochamos no haber sido capaces de acertar, de escoger la opción correcta. Desde pequeños hemos vivido en una sociedad que premia el acierto y penaliza el error. Para nuestro sistema educativo, el error es estéril y vacío, no se saca nada de él”.
El miedo a equivocarse se traduce a menudo en miedo a decidir. Si no decidimos, no fallamos, y por lo tanto no podremos hacer reproches ni sentirnos culpables, pero el resultado será parálisis. Dado que el error nos produce un sentimiento de culpa, preferimos que otros escojan por nosotros antes que tomar el riesgo de equivocarnos. Esta actitud nos limita y frena nuestro crecimiento como personas, pues acabamos diluyendo nuestra libertad dentro de la sociedad.
El progreso es una carrera hacia la superación llena de experimentos fallidos pero necesarios, porque sólo a través de lo que no funciona llegamos a descubrir lo que funciona. Esto no sólo se aplica al campo de la ciencia, ya que la vida humana es una constante prueba y error, donde el premio gordo lo logra quien más aprende de sus errores. Así lo recogen las biografías de grandes inventores y empresarios, que demuestran que en las equivocaciones hay una fuente inagotable de sabiduría.
Aunque su impacto puede ser muy poderoso, las serendipias son poco comunes en la vida cotidiana. Es decir, la inmensa mayoría de equivocaciones no aportan más beneficios que mostrarnos un camino que no lleva a ningún sitio. Las personas fallamos muy a menudo. Unas aprenden de los errores y otras tropiezan con la misma piedra. Además de un espíritu autocrítico y responsable, ¿qué es lo que distingue a las personas que aprenden de los errores de las que sólo saben tropezar con ellos? Analizar lo que ha salido mal y sintetizar la clave del error significa subir un peldaño en nuestra evolución personal. Así, quien posee inteligencia emocional “lee” lo que sucede a su alrededor y saca conclusiones para cultivar las interacciones positivas y reducir las de resultado negativo.
Quien tropieza tres veces consecutivas con la misma piedra, en lugar de maldecirla, debería fijarse en cómo anda. Esa es la lección. Es imposible apartar todas las piedras del camino, que están ahí para enseñarnos a bajar la vista con humildad y educar nuestros pasos. Se hace camino al andar, como decía Antonio Machado, y se gana sabiduría al errar.

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Publicado en Diario de Avisos – Principia 6 de enero de 2011

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