Científicos cobayas: experimentar en uno mismo

El método científico experimental, es decir, la realización de pruebas para demostrar una teoría, fue normalizado en el siglo XVI por Isaac Newton. Aún así, él mismo, al igual que anteriormente Leonardo Da Vinci y otros muchos, grandes amantes de la ciencia, se llegaban a jugar la vida en sus investigaciones. Siguiendo estos ejemplos, la evolución de la ciencia ha contado con un extendido hábito de experimentación propia: la vacuna del tifus, el cateterismo cardíaco o incluso los implantes de electrodos en el sistema nervioso, nacieron gracias que sus inventores se prestaron como conejillos de indias. Muchos de estos científicos han hecho de su cuerpo “su laboratorio”, arriesgando, e incluso perdiendo, la vida con tal de comprobar sus teorías.

Como primer ejemplo, el médico alemán W. Forssmann (1904-1979) llevó a cabo en 1929 la primera cateterización de un corazón humano en el suyo propio. Sin autorización del hospital, realizó una incisión en su propio brazo, introdujo un catéter de 65 centímetros hasta la aurícula derecha de su propio corazón y se fue hasta el servicio de rayos X a radiografiarse el tórax para demostrar que era posible. Condenado por temerario y peligroso, abandonó la cardiología, pero en 1956 recibió el premio Nobel por sus estudios pioneros en dicha técnica.

J. P. Stapp (1910-1999), biofísico, médico y coronel del ejército americano, estudió los efectos de velocidades supersónicas, aceleración y desaceleración sobre el cuerpo humano. En 1954, montado en un trineo arrastrado sobre rieles por cohetes, superó los 1017 km/h en solo cinco segundos, para ser detenido en una parada abrupta en apenas 1,4 segundos. Stapp sufrió lesiones en todo su cuerpo, pero su sacrificio dio frutos: se crearon los asientos de eyección de pilotos en los aviones. Sus experimentos también comprobaron la eficacia de utilizar un cinturón de seguridad en los coches, demostrando que aumenta mucho las posibilidades de sobrevivir en accidente.

En 1935, el científico noruego K. Hansen, investigando el agua pesada (molécula de agua donde el átomo de hidrógeno se ha sustituido por un isótopo más pesado, el deuterio), decidió beberla y ver qué pasaba. Sintió algo similar al tocar con la lengua una batería de coche. Bebió más cada día para medir sus efectos, hasta que descubrió con sus propias analíticas de sangre que, en grandes concentraciones, esa agua era altamente tóxica. Pronto empezó a usarse en los procesos de fisión nuclear, lo que la convirtió en una sustancia estratégica durante el desarrollo de los reactores nucleares.

El 16 de abril de 1943, el químico suizo A. Hofmann (1906-2008) inhaló descuidadamente un compuesto derivado de hongo de un cultivo. Se encontraba investigando los alcaloides del cornezuelo del centeno. Según referiría después en su autobiografía: “Me hundí en un estado de intoxicación, no desagradable, caracterizado por una estimulación extraordinaria de la imaginación. En un estado parecido al sueño, con los ojos cerrados, […] percibí una serie ininterrumpida de imágenes fantásticas, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos de colores”. La sustancia en cuestión era dietilamida del ácido lisérgico, o LSD-25. Entonces pensaban que podría funcionar como posible estimulante de la respiración y la circulación, pero luego esta idea fue abandonada. En cambio, Hofmann decidió explorar a fondo las propiedades psicotrópicas de la droga. Tres días después de su primera experiencia se administró una pequeña dosis del compuesto. Seguidamente, según describió, el laboratorio se distorsionó de nuevo y se sumergió en un extraño vórtice. Las últimas palabras que ese día pudo garabatear en su cuaderno fueron “deseo de reír”.

Hofmann, respetable científico propuesto para el Premio Nobel, volvió a probar LSD cientos de veces más, siendo un acérrimo defensor de sus propiedades médicas. El último exponente contemporáneo lo representa el Doctor Cyborg, K. Warwick, un profesor de Cibernética de la Universidad de Reading que no ha dudado en implantarse microchips en el brazo, el cerebro o la médula para convertirse en el primer hombre-robot de la historia. En 1998, probando hasta dónde la tecnología podría ayudar a personas con discapacidades, se implantó bajo la piel un transmisor. En 2002 se insertó en su sistema nervioso una interfaz neuronal de 100 electrodos que controlaba el paso de diferentes señales tan detalladamente que un brazo robot construido por otro investigador fue capaz de reproducir los movimientos que el propio Warwick hacía realmente con su brazo. En 2015 quiere implantarse un chip en el cerebro, mediante una operación extremadamente compleja y arriesgada, pero quiere dar el primer paso para demostrar que es posible transmitir pensamientos y emociones entre cerebros.

La investigación, fundamental para la mejora de la calidad de vida, para el avance del conocimiento y para el desarrollo de nuestra sociedad ha surgido gracias a muchísima investigación y experimentación cargada de “pura adrenalina científica”. Ha propulsado la génesis de multitud de técnicas, instrumentos y sustancias con propiedades muy dispares que han tenido aplicaciones en varios campos de la ciencia. Quizás el conocimiento científico está tan presente en nuestra vida que se ha vuelto invisible. Sin embargo, es preciso recordar que todas esas personas que experimentan nos transmiten el conocimiento en beneficio de nuestras vidas.

Publicado en Diario de Avisos – Principia 28 de abril de 2011

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