¿La cultura pertenece a las ciencias o a las letras?

En estos momentos en que se habla sobre la necesidad urgente de una mejora de la calidad de la enseñanza, se me ocurren preguntas para las que no es fácil encontrar explicación. Algunas de esas preguntas son las siguientes: ¿Por qué siempre está abierto el hiriente debate entre Ciencias y Humanidades? ¿Quién decide lo que es cultura? ¿Puede alguna rama del conocimiento dejar de ser humana? ¿A quién benefician los estereotipos? ¿Contribuimos los enseñantes a mantener los estereotipos “tú eres de letras o tú eres de ciencias”?

No olvidemos que, actualmente entre personas consideradas cultas, decir “yo soy de letras” puede justificar: no saber calcular o interpretar un porcentaje, no saber explicar el porqué de la diferencia horaria entre países o hacer un mundo del cambio de moneda, como si fuera algo más que un cambio de unidades. Incluso, no causa ningún sonrojo desconocer quién fue Heissenberg, James Watson, o Edison, qué son los transgénicos o en qué consiste el efecto invernadero. En estos casos, parece que la ignorancia es perdonable, no está mal vista, incluso se presume del desconocimiento.

También se acepta que aunque se posea un título universitario, se pueda decir “yo soy de ciencias” y eso justifique: no escribir o expresarse con cierta corrección, como si los de ciencias no tuviéramos necesidad del lenguaje. En estos casos, sin embargo, no se perdona tan fácilmente la ignorancia y se califica de inculto a quien no sabe quién fue Lope de Vega, Kant, o Mozart, o no distingue entre una catedral gótica o una barroca, por eso no solemos atrevernos a presumir del desconocimiento y si es posible lo ocultamos.

¿La cultura es de Letras?, ¿la Ciencia solo forma parte de la cultura en la llamada era tecnológica?, ¿la ciencia y la tecnología no son una manifestación de la sociedad, como lo es la lengua, el arte, la literatura o la filosofía?

Quienes pensamos que no se puede perpetuar la dicotomía Ciencias-Letras, defendemos la integración de la ciencia en la cultura humanista y la contribución de las humanidades a la reflexión sobre las actividades científicas y tecnológicas. El derecho y el deber de los ciudadanos de ejercer un control social sobre cualquier actividad que se realice en su nombre o les repercuta, lleva a repensar el papel de la educación y sus finalidades.

Entre los profesores de ciencias, cada vez está más asumida la necesidad de una alfabetización científica para todos los ciudadanos, que permita actuar y modificar el mundo en el que vivimos. La mayoría de los grandes problemas que afectan a la sociedad desarrollada, implican la toma de decisiones: éticas, jurídicas y políticas. Muchas de estas decisiones, se justifican recurriendo a argumentos científicos; por tanto, sin cultura científica no hay posibilidad de intervención razonable en el debate público y seremos manipulados más fácilmente.

Fomentar la creencia de que el conocimiento científico se basa en el estudio objetivo de los hechos y que este conocimiento se acercará cada vez más a la verdad absoluta, oculta en algunos casos intereses inconfesables. Los científicos trabajan sobre modelos provisionales tratando de explicar o intentando interpretar fenómenos. Un modelo es algo, inventado, que se acepta como válido si permite explicar los datos conocidos. Pasadas las euforias sobre la capacidad ilimitada de la ciencia, ni siquiera los científicos más ingenuos creen que el modelo perfecto representa perfectamente lo real. Las verdades científicas no son la Verdad ni los modelos científicos representan la naturaleza, su papel es más humilde. Desde este punto de vista, parte de la grandeza de la Ciencia está ligada a la capacidad para reconocer sus limitaciones y a la aceptación de la provisionalidad de sus conocimientos.

Cada vez es más numeroso el grupo de quienes no entendemos el método científico como una serie de reglas, una receta, para hacer ciencia, ni compartimos la idea de la pretendida objetividad de la ciencia, ni concebimos al científico como una persona ajena al mundo en el que vive, ni nos parece razonable que una parte de la población viva alejada de los avances en el terreno científico. Como consecuencia, desde nuestro trabajo diario nos esforzamos por desmitificar, para bien y para mal, este mundillo.

En cuanto al mito del científico despistado, únicamente dedicado a su trabajo, etc., convendría pararse a pensar un poco sobre él, porque aceptarlo sin más, permite y favorece la falta de control social de la ciencia y la falta de compromiso de los científicos con la sociedad. La ciencia depende de los recursos que aporta la sociedad, la investigación requiere financiación y los temas sobre los que se investiga no son ajenos a los intereses políticos, económicos, las luchas de poder entre los equipos de investigación o las ambiciones personales de los investigadores. No tenemos por qué pensar que los científicos vayan a ser seres más bondadosos o altruistas que el resto de los mortales, así que, no parece demasiado pedirles que hagan el esfuerzo de explicar a la sociedad, de manera comprensible, el porqué de la elección de los temas en los que trabajan, sus logros, sus dudas y temores, etc.

Esperemos que se encuentren vías para mejorar la preparación de los estudiantes y de los ciudadanos en general, de manera que no haya ignorancias perdonables y perdurables como ha venido sucediendo desde hace tiempo.

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