Los viajes alucinógenos de Hofmann y Grof

Las ciencias de la salud cuentan con una larga tradición de experimentación propia: la vacuna del tifus, el cateterismo cardíaco o incluso los implantes de electrodos en el sistema nervioso nacieron gracias que sus inventores se prestaron como conejillos de indias. Muchos de estos científicos han hecho de su cuerpo “su laboratorio”, arriesgando, e incluso perdiendo, la vida con tal de comprobar sus teorías.

Uno de los ejemplos más memorables tuvo lugar el 16 de abril de 1943. Ese día, el químico suizo Albert Hofmann (1906-2008) inhaló o ingirió inadvertidamente un compuesto derivado del hongo de un cultivo. Se encontraba investigando los alcaloides del cornezuelo del centeno. Según referiría después en su autobiografía de 1979: «Me hundí en un estado de intoxicación, no desagradable, caracterizado por una estimulación extraordinaria de la imaginación. En un estado parecido al sueño, con los ojos cerrados, […] percibí una serie ininterrumpida de imágenes fantásticas, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos de colores». La sustancia en cuestión era dietilamida del ácido lisérgico, o LSD-25. Hofmann la había sintetizado cinco años antes en el curso de su trabajo para los laboratorios Sandoz (hoy Novartis), en Basilea. Entonces pensaban que podría funcionar como posible estimulante de la respiración y la circulación, pero luego esta idea fue abandonada. A su vez, en cambio, Hofman decidió explorar a fondo las propiedades psicotrópicas de la droga. Tres días después de su primera experiencia se administró una pequeña dosis del compuesto. Seguidamente, según describió, el laboratorio se distorsionó de nuevo y se sumergió en un extraño vórtice. Las últimas palabras que ese día pudo garabatear en su cuaderno fueron «deseo de reír». El estado de embriaguez le obligó a abandonar temprano su puesto de trabajo; el trayecto en bicicleta hasta su casa, durante el que tuvo la sensación de permanecer inmóvil, acabaría por convertirse en leyenda: el 19 de abril es conocido como «día de la bicicleta» entre aficionados al LSD de todo el mundo. Hofmann, respetable científico propuesto para el Premio Nobel, volvió a probar LSD cientos de veces más. Él promulgaba que las propiedades químicas de los hongos alucinógenos habían sido utilizadas, con fines terapéuticos por los indígenas, desde la época prehispánica. Su creación, el pasaje para alcanzar los estados mentales alterados abrazados por la contracultura, terminaría siendo prohibida posteriormente por un abuso incontrolado de la sustancia. No obstante, la droga aún despierta interés entre los químicos, quienes continúan examinando sus usos terapéuticos. Entre ellos, tratamientos contra el alcoholismo, la drogodependencia, los trastornos obsesivo-compulsivos y la posibilidad de ayudar a los enfermos terminales a reconciliarse con la muerte.

Se pone de manifiesto que la investigación, fundamental para la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos, para el avance del conocimiento y para el desarrollo de nuestra sociedad ha surgido gracias a muchísima investigación y experimentación. Ha supuesto la génesis de multitud de técnicas, instrumentos y sustancias con propiedades muy dispares que han tenido aplicaciones en varios campos de la ciencia. Quizás el conocimiento científico está tan presente en nuestra vida que se ha vuelto invisible. Sin embargo, es preciso recordar que todas esas personas que experimentan y usan fórmulas ininteligibles son los que, más tarde o más temprano, nos transmiten la presencia y utilidad del conocimiento en beneficio de nuestras vidas.

¿Qué relación tuvo Stanislav Grof y Albert Hofmann?

Stanislav Grof fue nada más y nada menor que psiquiatra, médico y psiconauta, narrador de experiencias psicodélicas y cartógrafo de la mente humana. Nacido en Praga, cursó estudios de medicina al conocer de forma subterránea los tratados de psicología de Freud. Después de un tiempo de práctica en el psicoanálisis pensó en abandonar la profesión, debido a la infructuosidad de la técnica… pero en esos momentos cayó en sus manos una dosis de LSD. Se trataba de una muestra enviada desde los mismos laboratorios suizos de la Sandoz, donde trabajaba Albert Hofmann, y la ofrecían por aquel entonces a hospitales psiquiátricos para que investigaran su utilidad en el tratamiento de los desordenes psíquicos. Grof se ofreció como conejillo de indias, ingiriendo la LSD combinando la experiencia con las luces estroboscópicas de un calidoscopio. Desde aquel día Grof supo que detrás de esa sustancia se escondía algo más que un juego de luces y paranoias. La LSD permitía volver a revivir episodios traumáticos que habían quedado ocultos en el trastero de la mente, en el inconsciente. Al poder sacarlos del olvido, y experimentarlos de nuevo como si se tratara de una vuelta al presente de un pasado olvidado, el paciente tenía la oportunidad de poder atravesar e integrar esa experiencia que le había dejado inválido para la vida cotidiana, para la relación con los demás o consigo mismo. Y de aquí, de la biografía, las experiencias se ampliaban al reino de lo que en occidente había sido conocido como mística: el conocimiento del fluir espiritual del cosmos.

Grof trabajó con pacientes esquizofrénicos y neuróticos, recogiendo sus relatos de sus experiencias a la vez que registraba los cambios de su visión respecto al mundo y sobre sí mismos. Aunque el uso de la LSD en Praga era permitido entre la clase médica, había ciertos problemas en lo referente a las experiencias espirituales que los pacientes reportaban en las sesiones, pues por aquellos tiempos Checoslovaquia se encontraba bajo el régimen soviético que como dogma tenía el censurar la existencia del espíritu humano.

Más tarde Grof se trasladó a Estados Unidos, dónde fue invitado como psiquiatra residente en el hospital Johns Hopkins, en Baltimore, donde trabajó con Richard Yensen. En cierta manera los problemas aparecieron también en EE UU: en la primera conferencia que ofreció en este país sobre su trabajo explicó que algunos pacientes neuróticos que habían hecho terapia con LSD, en Praga, abandonaban gradualmente sus tics para pasar a interesarse por la espiritualidad y la práctica del yoga. Ante estas aseveraciones algún psiquiatra neurótico le expuso su sospecha de que lo que había logrado con tal terapia no era más que hacer pasar al paciente de un tipo de neurosis a otra. Sea como fuere, en EE. UU. era difícil obtener permisos para trabajar psiquedélicos, pero en cierta manera había la ventaja de que se podía hablar de ello, conocer a infinidad de personas interesantes y publicar algún que otro libro sobre sus estudios.

Grof siguió trabajando en terapia con LSD, y sobretodo compilando informes de las experiencias de sus pacientes -además de las propias-. Al ordenar estos relatos por tipos obtuvo una especie de cartografía de la mente humana, o sea, una colección de diversas clases de experiencias que, según él, constituían un mapa del inconsciente humano. De este mapa salieron tres categorías: las experiencias de tipo biográfico -experiencias olvidadas generalmente de la infancia-, la secuencia de muerte y renacimiento -análoga a los ritos iniciáticos de culturas arcaicas, y según Grof con un extraordinario paralelismo con el propio nacimiento biológico-, y las fusiones místicas con el cosmos -de las que nace el nombre de Psicología Transpersonal: experiencias que van más allá de la propia biografía de la persona-.

Los libros de Grof son básicamente una exposición de experiencias vividas bajo los efectos de la LSD -o mejor dicho, tras la apertura de las puertas de la percepción que ofrece esta sustancia-. En este sentido puede considerarse que su obra es de la máxima utilidad como una primera introducción a la naturaleza de la experiencia psiquedélica, pues esta puede ser tan sorprendente para un occidental que el dar unos pocos nombres a las cosas puede ayudarle a no creer que ha vivido una serie de experiencias a las que no puede encontrar sentido.

Los efectos descritos por Grof y millones de psiconautas después de él son muy otros: Una visión como la que describen los místicos: un millón de soles brillando con la intensidad de la bomba de Hiroshima. Mi conciencia lanzada fuera de mi cuerpo. Mi yo desaparecido y, al mismo tiempo, fundido con el todo”.

El psiquiatra, que a sus 81 años aún recuerda con detalle las revelaciones recibidas aquel día, medio siglo atrás, renegó casi inmediatamente del psicoanálisis: “Todo lo que me habían enseñado en la universidad era incorrecto -dice-. La conciencia no era únicamente una parte del cerebro. Existen recuerdos del parto y de la primera infancia. Lo que la psiquiatría considera brotes psicóticos son muchas veces episodios de emergencia espiritual”.

El LSD -el ‘tripi’, el ‘ajo’ de toda la vida- se desvelaba además como una extraordinaria herramienta terapéutica: no solo era eficaz para tratar adicciones y superar depresiones (como comprobó en primera persona el actor Cary Grant) sino que “servía a los médicos para entender qué sucedía en la mente de sus pacientes psicóticos y esquizofrénicos”, relató Grof durante una reciente conferencia en Madrid. En un capítulo digno de una película de Kubrick, Grof viajó con 300 dosis de LSD hasta San Petersburgo (Leningrado en aquel entonces) y convidó a sus colegas psiquiatras de la Unión Soviética: “Al poco tiempo en los congresos rusos dejó de hablarse de electroshocks y materialismo dialéctico y se oía a hablar de Herman Hesse y del zen”.

Semejante manjar de los dioses solo podía tener un destino: la prohibición y la persecución. Durante la segunda mitad de los 60, una ola de conservadurismo, sumada a un uso insensato del LSD por parte de la contracultura de EE UU, llevó a la marginación de la droga (hasta entonces “medicina”).

Entonces Grof entra en una nueva etapa, aún más fértil que la anterior, pues inventa un método para alcanzar estados modificados de conciencia sin necesidad de química externa: la respiración holotrópica (del griego “ir hacia el todo”). O más bien, deberíamos decir “reinventa” y “adapta” métodos ancestrales del pranayama, la respiración yóguica: la respiración de fuego, una hiperventilación en la que el cerebro se inunda de DMT, un alcaloide de efectos alucinógenos que, para pasmo de los prohibicionistas, habita en nuestro propio cuerpo.

En cierta manera puede considerarse que Grof, junto a Ken Wilber, es uno de los paradigmas de la Psicología Transpersonal. Con la inestimable ayuda del LSD y plantas maestras de similar jaez (peyote, ayahuasca, hongos psilocibes), Grof fue abriendo su mente hacia las inevitables influencias orientales, el budismo, el hinduismo y la meditación. En semejante caldo de cultivo surge la psicología transpersonal, una rama de la psicología que trasciende el psicoanálisis para estudiar las experiencias cumbres y metafísicas, sacándolas de la cárcel de la psicosis a las que las había condenado Freud.

«Estas herramientas son para la psicología como el microscopio para la biología, o el telescopio para la astronomía»

Publicado en Diario de Avisos – Principia 28 de noviembre de 2013

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