Archivo mensual: febrero 2014

Temores (Ernest Hemingway)

Temía estar solo, hasta que aprendí a quererme a mí mismo.

Temía fracasar, hasta que me di cuenta que únicamente fracaso cuando no lo intento.

Temía lo que la gente opinara de mí, hasta que me di cuenta que de todos modos opinan.

Temía me rechazaran, hasta que entendí que debía tener fe en mí mismo.

Temía al dolor, hasta que aprendí que éste es necesario para crecer.

Temía a la verdad, hasta que descubrí la fealdad de las mentiras.

Temía a la muerte, hasta que aprendí que no es el final, sino más bien el comienzo.

Temía al odio, hasta que me di cuenta que no es otra cosa más que ignorancia.

Temía al ridículo, hasta que aprendí a reírme de mí mismo.

Temía hacerme viejo, hasta que comprendí que ganaba sabiduría día a día.

Temía al pasado, hasta que comprendí que es sólo mi proyección mental y ya no puede herirme más.

Temía a la oscuridad, hasta que vi la belleza de la luz de una estrella.

Temía al cambio, hasta que vi que aún la mariposa más hermosa necesitaba pasar por una metamorfosis antes de volar.

Hagamos que nuestras vidas cada día tengan más vida y, si nos sentimos desfallecer, no olvidemos que al final siempre hay algo más.

Hay que vivir ligero porque el tiempo de morir está fijado.

 

Ernest Hemingway

Transformar la educación

Durante siglos eran pocos los elegidos que aprendían a leer y escribir y recibían esta instrucción en su casa a cargo de tutores. Hasta que llegó la revolución industrial y surgieron las primeras escuelas. Hacía falta enseñar al menos los rudimentos básicos del cálculo y la escritura a los trabajadores de las fábricas o de los mercados. Desde entonces, y han pasado más de 200 años, el mundo se ha globalizado y los avances técnicos son meteóricos, pero las clases se siguen impartiendo en el mismo espacio con el mismo método que entonces: el maestro o profesor dicta una lección y los alumnos toman apuntes y, de vez en cuando, preguntan. Así que toca voltear el sistema de arriba abajo, desde la escuela infantil hasta la universidad.

No queda otra opción que transformar la educación para no perder comba en un mundo en constante cambio. El escenario lo plantea muy bien Cristóbal Cobo, investigador de la Universidad de Oxford: “Si a lo largo del año pasamos casi tres meses conectados a Internet y cerca de cuatro dormidos, nos queda muy poco tiempo para pensar”. Por eso considera que no hay que intentar competir con las máquinas, sino “desarrollar la capacidad de encontrar, de compartir o redistribuir esa información”. Y para ello se necesita echar mano de la última tecnología. Según un estudio del banco de inversión Ibis Capital, la industria del e-learning (contenidos, plataformas, portales de aprendizaje) movió en 2012 más de 66.400 millones de euros en todo el mundo, y la expectativa de crecimiento es del 23% hasta 2017.

COMUNICACIÓN Y TECNOLOGÍA

Xavier Prats Monné, el nuevo director de Educación de la Comisión Europea, va más allá y opina que por primera vez los alumnos son los que lideran el cambio educativo. “¿Por qué? Porque traducen en la escuela y la universidad su experiencia diaria: están acostumbrados a colaborar gracias a Internet y a que sus amistades no dependan de su situación geográfica”, explicaba recientemente en una entrevista en este diario. Y se comparaba con ellos: “Para mi generación, la diferencia entre comunicarse físicamente o virtualmente por Skype es muy fuerte; pero para la de mis hijos, la comunicación es algo mucho más sofisticado porque la tecnología es parte natural de su experiencia cotidiana”.

“Hubo un tiempo en el que la escuela tenía garantizada esa opción de ver mundo. Pero hoy no tiene ningún sentido que existan maestros maravillosos como el de la película La lengua de las mariposas, que encandilaba a sus alumnos contando historias asombrosas sobre cosas que ocurrían fuera del pueblo”, sostiene Mariano Fernández-Enguita, catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. “Internet tiene ventanas a todas partes y la función del profesor, más que impartir conocimiento, debe ser la de cribar. Igual que hasta ahora elegía las lecturas”. En los campus universitarios se repite la misma situación. “No tiene sentido que en un aulario enorme los alumnos de Medicina vean cuatro huesos alrededor del profesor. Para eso están los vídeos”, subraya Josep Valor, profesor de Sistemas de Información de la escuela de negocios IESE.

“Hay quien asegura que el problema de la educación con las nuevas tecnologías es el mismo que el de los fabricantes de hielo cuando surgieron las neveras. Pero nosotros no ofrecemos hielo, sino frío. Nosotros, los educadores, enseñamos a aprender”, precisó Cobo en el foro Educar para transformar de la Universidad Europea de Madrid. Bruselas ha dejado claro a los países de la UE que sus alumnos deben aprender estas herramientas imprescindibles para ser capaces de desenvolverse en la vida y usar la tecnología. Los profesores deben, por tanto, enseñar de otra manera para que sus pupilos aprendan mejor. Pero el aprendizaje no termina ahí. “Es un asunto de los políticos, la comunidad educativa y los padres. A mí me sorprendía ir por la calle y que la gente me dijese: ‘¡Qué mal tiene usted la educación!”, ironizaba recientemente Ángel Gabilondo, el último ministro socialista.

Fernández-Enguita, más extremista que casi todos los expertos educativos, está seguro de que el docente dentro de un aula “no ha muerto ni va a morir” porque la educación hasta los 16 años es obligatoria y tiene una función de custodia para los más pequeños, pero que si no lo haría. Muchos expertos creen que cuanta mayor es la información que se puede consumir, menor es nuestra concentración en algo concreto. “El alumno se pregunta: ‘¿Por qué tengo que atender a eso y no estoy haciendo otras cosas?’. Es difícil captar su interés. Por eso han subido las tasas de déficit de hiperactividad”, subraya Fernández-Enguita.

Vamos, piensa este sociólogo, hacia una educación en la Red en la que no queda claro quién enseña y quién aprende y sin límites de espacio y tiempo. Una idea en la que también ahonda Cobo: “La tecnología ha diluido las barreras entre distintas disciplinas. Rompe con la idea de un aula, un docente y unos contenidos”. Y al establecer un nuevo paradigma, “el aprendizaje es la Red y nos hace entender la sociedad como algo en permanente evolución”. Este desfase actual entre los avances tecnológicos y una enseñanza en los centros anclado en el siglo XVIII ha provocado en Estados Unidos un aumento de los niños que reciben clase en casa (home schooling).

“Hay que adaptar el aprendizaje a las necesidades. Se habla mucho del cambio de currículo, pero no de las aplicaciones”, observa Pierre-Antoine Ullmo, al frente de la empresa PAU Education. “En los últimos dos años ha habido una irrupción de tecnología más accesible para los alumnos y formadores”. Ullmo dirige un ambicioso proyecto, Open Education Challenge, apadrinado por la Unión Europea, que pretende crear una incubadora que promueva la creación de nuevas empresas (start-ups) relacionadas con la innovación, el desarrollo de tecnologías y el diseño web.

Detrás de este programa hay inversores habituados a arriesgar su dinero en la Bolsa y sectores punteros. Porque en esta nueva era, la educación, piensan muchos, debe dejar de ser vista como un campo acotado al Estado y perder el miedo a su mercantilización, como ocurre ya en Estados Unidos o Israel. “Si la gente compra juegos para su portátil, ¿por qué no productos educativos? El mayor error es pensar que la educación está reñida con la diversión”, reflexionó el director de Educación de la Comisión Europea en EL PAÍS.

Cada vez faltan menos medios en las clases. El 86,7% de las aulas habituales tienen conexión a Internet en colegios e institutos y baja la proporción de alumnos que comparten ordenador (el curso pasado, 3,2; en el caso de centros públicos, 2,8). En la universidad es otro cantar. Las diferencias entre campus son abismales. Así, mientras que en la Pompeu Fabra o La Rioja hay una computado­ra para cada estudiante, en la Politécnica de Madrid la ratio es de una por cada 189 alumnos. Y repartidos en distintas modalidades. En la de Murcia hay un servicio de préstamo de portátiles, por ejemplo.

Según los expertos, los docentes con un nivel de usuario de informática están preparados para adaptar sus clases a la tecnología con un curso de dos o tres meses. Antes de la crisis, las consejerías de Educación ofertaban muchos cursos de formación gratuitos. Ya no son tantos, y quedan aún muchos profesores reticentes al cambio. Otro problema añadido son las averías que inhabilitan muchos ordenadores por tiempo.

EDUCACIÓN CREATIVA

En este nuevo modelo adaptado a los tiempos, el crecimiento personal desempeña un papel clave. “En los países anglosajones y nórdicos, la educación es más creativa y está basada en el juego. Mientras, en los mediterráneos como España hay un acercamiento a la educación a la francesa, más intelectual”, piensa Christopher Clouder. El director de la Plataforma para la Innovación en Educación –un programa de la Fundación Botín en los colegios– está convencido de que los alumnos que luego tienen éxito en la vida son quienes “se sienten respetados por el profesor, que los apoya, que los conoce bien y no busca resultados, sino sacar lo mejor de ellos”. Para ello sostiene que en el aula “hay que crear un microcosmos de lo que es el mundo, en el que sociabilicen y aprendan a ser tolerantes”. Y frente a la polémica en España sobre la ratio de alumnos por clase –que ha crecido– es permisivo: “Se pueden tener 30 o 35 alumnos si el profesor los conoce bien”.

Esta necesidad de Clouder puede chocar con el uso constante de la tecnología a ojos de Tomás de Andrés Tripero, profesor de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense. Recuerda que en Silicon Valley, el lugar con más expertos en informática por metro cuadrado del mundo, los niños no tienen móvil ni ordenador hasta pasados los 10 años. “Los padres quieren que sus hijos desarrollen la estabilidad emocional y se sociabilicen, y las tecnologías aíslan”, asegura Tripero. Y alerta sobre el uso continuado que hacen niños casi bebés de las tabletas, porque el cerebro no está adaptado para esos estímulos perceptivos. Ello le lleva a preguntarse: “¿Cómo van a conducir de mayores solo a 120 kilómetros por hora si su sistema nervioso se ha adaptado a la rapidez?”. Lo veremos en un mundo sin tizas, ni mapas de plástico, ni proyectores de diapositivas.

UN PROFESOR EN EL PORTATIL

Cuando la crisis ahoga casi toda posibilidad de encontrar empleo, reciclarse y estar a la última es vital. A esta necesidad responden cada vez con más fuerza en todo el mundo los MOOC (cursos masivos online y abiertos, en sus siglas en inglés). Muchos son gratuitos (algunos cobran por emitir un título) y están en fase experimental, pero con mucha proyección por delante. Los españoles se han incorporado a esta modalidad de aprendizaje con ímpetu, hasta el punto de ser la séptima comunidad de estudiantes más grande de la plataforma edX, de la que forma parte el MIT.

La demanda es enorme –al primer curso de sus creadores, dos profesores de Stanford, se apuntaron 120.000 personas en 2008–, pero también el desapego. Un 95% abandona y aun así se manejan unas cifras desorbitadas. Por ejemplo, casi 60.000 estudiantes de 90 países se apuntaron al primer curso gratuito de la escuela de negocios IE, Critical perspectives on management, que termina ahora. “No tenemos aún datos, pero aunque la tasa de abandono fuese del 90% terminarían 6.000 personas, que son más que las que tenemos en la Business School”, explica la vicedecana Didina González. “Nuestra idea es llegar a la gente de los cinco continentes para que nos conozca con una transmisión de conocimiento de forma desinteresada”, prosigue, y “experimentar metodologías y dinámicas” que emplearán en sus cursos online de pago. “A los MOOC les falta calor humano, interacción social. Porque para que haya intervención, debate, no puede haber más de 35 alumnos”.

El IE no es el único que se ha lanzado a esta nueva vía de profesores del siglo XXI. También el IESE, con un curso de globalización de las empresas. Dispone de conferencias online de entre 10 y 20 minutos, foros de discusión, y los alumnos tienen que presentar un proyecto final. “Esta tecnología está pensada para un curso corto, nunca uno largo. Y te permite conocer a los profesores y a los alumnos. Un marketing que te permite enseñar que estás aquí”, explica Josep Valor, profesor de Sistemas de Información.

A la plataforma edX se han apuntado 37.000 estudiantes españoles (el 2,3% del total) y han expedido 5.400 certificados (el 5,6% del total), lo que demuestra que son más fieles a los cursos que la media mundial. “Pero es importante reconocer que solo alrededor del 25% de nuestros alumnos pretenden obtener el certificado cuando se inscriben en el programa”, explica Dan O’Connell, director asociado de comunicación de edX. Interesan en especial a los españoles los cursos de computación y salud pública.

Artículo original extraído del siguiente enlace:

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/02/18/actualidad/1392722730_398144.html

2014, el año de los cristales

Fui capturada para la vida por la química y por los cristales”. La cristalógrafa y premio nobel de química Dorothy Hogdkin (1910-1994) enunció esta sentencia hace ya varias décadas tras determinar la estructura de biomoléculas tan importantes para la comprensión de la vida tales como el colesterol, la penicilina, la vitamina B12, la insulina, la vitamina D2, entre otras.

En este año se conmemora el centenario de los primeros trabajos de cristalografía de rayos X realizados por también los laureados con el Nobel de Física Sir William Bragg, inventor del espectrómetro de rayos X, junto con su hijo, Lawrence Bragg, en los cuales determinaron la estructura de muchas sustancias como el diamante y el cloruro de sodio.

Por ello, 2014 ha sido declarado por la Unesco como Año Internacional de la Cristalografía. Dicha rama de la ciencia estudia el crecimiento, la estructura y las propiedades físicas de los cristales. La cristalografía de rayos X permite conocer la posición de los átomos en un cristal y poder medir la posición entre ellos. Si se recogen los rayos X que han atravesado el cristal en una placa fotográfica y después se revela se obtienen unas manchas. Existe una relación entre la distancia entre los átomos en el cristal y los ángulos que forman las manchas en la fotografía.

Su principal objetivo es el de dar a conocer esta ciencia, importante para industrias como la alimentaria, la farmacéutica, la electrónica y la industria de los nuevos materiales, sin olvidar los minerales y las piedras preciosas. En la actualidad se siguen utilizando los rayos X, aunque gracias a el desarrollo de la informática, los expertos han sido capaces de desarrollar herramientas teóricas y experimentales para deconstruir ese conjunto de manchas que registra la técnica y convertirlos en imágenes de moléculas.

Moléculas de cualquier tipo de material, desde la sal común de mesa hasta los medicamentos más eficaces, pasando por complejas moléculas de la vida: ácidos nucleicos, virus y proteínas. Por ejemplo, la cristalografía jugó un papel trascendental en el año 1953, cuando Watson y Crick, junto con la valiosísima aportación de Rosalind Franklin, establecieron por difracción de rayos X la estructura de la doble hélice del ADN, abriendo con ello el desarrollo de la genética molecular.

Según palabras del experto en cristalografía Juan Manuel García-Ruiz, del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (CSIC): “Todo está basado en la tecnología del cristal. Abres los ojos y ves que el despertador marca las 6:30 en unos números dibujados por cristales líquidos, te levantas de la cama y te levantas gracias a un esqueleto de cristales de fosfato cálcico, tomas un café, lo endulzas con cubos de azúcar cristalizada y te cepillas los dientes con una pasta basada en nanocristales”.

Destacar que en la cristalografía no es lo mismo cristal que vidrio, aunque la Real Academia Española acepte en la definición de cristal las acepciones: “lente de las gafas” o “pieza de vidrio u otra sustancia semejante que cubre un hueco de una ventana”. Para los cristalógrafos, “los cristales” de las gafas y las ventanas son vidrios, porque sus moléculas, al contrario que en los cristales, están desordenadas. Precisamente es este orden el que da las propiedades únicas y sorprendentes a los cristales: “cristalizar es ordenar”.

La fascinación que los humanos tenemos por los cristales es de origen ancestral. Fueron objetos de culto por su singularidad y belleza armónica de líneas rectas tan distintas de las curvas que traza la vida. Por ellos los hombres mataron, con ellos amaron, y a ellos le atribuyeron infundadas propiedades mágicas que aun hoy perduran.
Los cristales son la base de la tecnología para láseres, semiconductores y superconductores, materiales fotovoltaicos o baterías… También serán la base de la tecnología del futuro a través del grafeno o cuasicristales.

Son valiosos en la industria de la alimentación, en agricultura y en cosmética. Y en forma de minerales atesoran información sobre la historia de nuestro planeta y de otros mundos, una información que todavía tenemos que descodificar.

Pero sobre todo son el único “microscopio” que tenemos para llegar a ver la organización de los átomos y moléculas que forman la materia. Gracias a la interacción de los cristales con los rayos X conocemos la estructura del ADN y de las proteínas.

A través de la metodología desarrollada por los cristalógrafos se puede estudiar la estructura de las medicinas y sus mecanismos de acción. Gracias a la cristalografía se comprende la vida y se salvan vidas. No es de extrañar que esta disciplina, desconocida para muchos, haya dado por ahora veintiocho Premios Nobel a lo largo de la historia.

Cristalografía

Publicado en Diario de Avisos – Principia 8 de febrero de 2014

Alimentos 100% naturales llenos de química

Excelente post publicado por Mikel López Iturriaga (30 de enero de 2014):

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Los huevos que comes tienen ácido octadecadienoico. Los plátanos, E-306 (tocoferol). Los arándanos, hexanal, alfa-terpinaol, benzaldehído y hasta etil-3-metilbutanoato. ¿Vas a morir pronto por intoxicarte con estos malignos compuestos? Por desgracia para tus enemigos, no. Todos esos ingredientes de nombres rarunos, y muchísimos otros más, no son aditivos o conservantes añadidos a tan cotidianos alimentos, sino que están presentes en ejemplares 100% naturales de los mismos. Son parte de ellos, porque las frutas y los huevos son química. De hecho, todo lo que comemos y lo que somos, venga de donde venga, es química.

Ésta es la idea no por obvia menos provocadora que James Kennedy, un profesor británico de dicha disciplina residente en Melbourne (Australia), quería transmitir a sus alumnos de química orgánica. Para lograrlo, se le ocurrió la idea de crear unos pósters que describieran todos los ingredientes de alimentos tan inocentes como un plátano o un kiwi. Investigó sus componentes en estudios nutricionales; sus colores y conservantes naturales, en viejos manuales de botánica, y sus sabores, en análisis espectroscópicos de los aromas. Con toda la información, elaboró unos listados de elementos que ni las Panteras Rosas y los Cheetos juntos, los puso debajo de las fotos de los alimentos “totalmente naturales” y colgó las imágenes en su blog a finales de diciembre.

A pesar de no ser los primeros -ya se había hecho algo similar con una manzana desde una escuela de química de Glasgow-, los carteles han alcanzado una importante difusión viral en internet y merecido artículos tanto en blogs como en diarios grandes. Primero, porque resultan curiosos, y segundo, porque inciden en una cuestión candente en la alimentación contemporánea: la quimiofobia. “Quería combatir el miedo que tiene mucha gente a los productos químicos”, ha declarado Kennedy al New York Times, y demostrar que la naturaleza produce compuestos, mecanismos y estructuras mucho más complejas e impredecibles que nada que podamos producir en un laboratorio”.

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Kennedy cree que, injustamente, muchas personas asocian química con “pesticidas, venenos, drogas o explosivos”. ¿Pero pueden ser realmente efectivos sus pósters en la lucha contra la quimiofobia? “Depende”, asegura Mauricio-José Schwarz, divulgador científico y colaborador de la revista Naukas. “Los que ya han decidido que ‘lo químico’ es malo sin saber qué es lo químico están más allá de la razón. Cuando publicamos los carteles, alguno dijo que demostraban ‘toda la química horrible que le añaden a los alimentos naturales, que de otro modo no tendrían números E y esas cosas’. Vamos, es inútil. Pero sí puede servir para que muchas personas, en especial los jóvenes, tengan elementos para dudar de las afirmaciones más delirantes de los quimiofóbicos e interesarse por la química como una ciencia apasionante. Me recuerda el impacto de la petición para prohibir el dihidróxido de oxígeno que firmaron muchísimas personas sin darse cuenta de que esa sustancia era… el agua”.

Schwarz, autor de las traducciones al castellano de los carteles que podéis ver en esta entrada, cree que las descripciones de los mismos son fiables. “Claro que ningún porcentaje es exacto y puede haber variaciones y pequeñas cantidades de otros ingredientes de plátano a plátano, sobre todo si son de distintas variedades o cultivos. Pero en la medida de lo razonable, los carteles son un retrato científicamente fiel de cada sujeto”.

Un poco más crítico, aunque también favorable, se muestra José Manuel López Nicolás, profesor de bioquímica de la Universidad de Murcia que también dedicó una entrada al asunto en su blog Scientia. “En el caso del huevo hay errores en los triglicéridos, en los porcentajes de ácidos grasos y en los los carbohidratos. Los carteles son muy mejorables, pero válidos por la idea de fondo que quieren enviar: los alimentos naturales (concepto que no me gusta nada) están formados de innumerables compuestos químicos… lo que reafirma mi idea que separar ‘lo químico’ de ‘lo natural’ es absurdo”.

La quimiofobia azota especialmente el mundo de la alimentación, con cientos de páginas en internet denunciando los supuestos peligros de determinados ingredientes desde posiciones naturalistas y alternativas. “El miedo vende mucho más que el rigor científico”, se lamenta López Nicolás. “Además, la poca educación nutricional de la sociedad da alas a la quimiofobia”. En efecto, más de uno se asustaría al decirle que buena parte de lo que come contiene un potenciador de sabor llamado cloruro sódico o un conservante con la fórmula C12H22O11. También conocidos como sal y azúcar.

Ahora bien, ¿podría estar justificado de alguna manera el recelo hacia el abuso de ciertos productos químicos en la alimentación? “Por supuesto”, reconoce Schwarz. “Pero la única forma de saberlo es, precisamente, la ciencia. Son los que estudian los compuestos y su efecto en los seres vivos quienes determinan qué sustancias podemos consumir y en qué cantidad, o si no deben siquiera consumirse. Toda sustancia puede ser perjudicial a determinadas cantidades: tomarte 6 litros de agua en un par de horas te puede matar por una intoxicación de agua llamada hiponatremia. Y ése es el error de muchos quimiofóbicos: temer los daños de alguna sustancia sin saber cuál es la dosis segura. Los promotores de la quimiofobia y de la cienciofobia en general no atienden a estudios, salvo si alguno parece darles la razón”.

osé Manuel López-Nicolas incide en la responsabilidad de la industria alimentaria en la difusión de la quimiofobia, al utilizar reclamos como el “100% natural” del famoso pan Bimbo de Punset. “Lo natural’ es una moda y la mejor manera de fomentar esa moda es atacando a su en teoría antónimo: lo químico. Términos como ‘sin conservantes’ no tienen como objetivo informarnos sobre la composición de un producto, sino mandar el mensaje subliminal de que en el caso de tener esos conservantes podría haber algún riesgo para la salud. Inconcebible”.

Quizá los pósters de Kennedy sirvan para luchar contra el miedo irracional a la química. También ayudaría entender nuestras cocinas como pequeños laboratorios donde practicamos esta disciplina sin ser muy conscientes de ello. “Hay divulgadores de la química que usan la cocina para demostrar distintos procesos, desde la simple disolución de azúcar en agua hasta la acción de catalizadores (como las levaduras) y diversas reacciones”, señala Schwarz. “En la cocina enfrentamos grandes preguntas como por qué no se puede desfreír un huevo o por qué nos resulta más fácil digerir la comida cocinada que cruda, que nos hablan de química y hasta de la evolución de nuestra especie. La cocina es una de las actividades que nos acerca más a la química cotidianamente, y nos recuerda que todo el universo está hecho de sustancias químicas y energía… y nada más. Lo único que hay ‘sin químicos’ es el vacío absoluto”.

Fuente: http://blogs.elpais.com/el-comidista/2014/01/alimentos-100-naturales-llenos-de-quimica.html